miércoles, agosto 02, 2006

Opinión sobre Fidel Castro y la salud de Cuba

Enviado por Ricardo Bustos

Una opinión distinta a las tantas leídas y escuchadas en nuestro país, donde los sectores más "progresistas" miran a este dictador con tanta simpatía.

Que al fin y al cabo,...de la pluralidad de ideas se nutre nuestro buen juicio, verdad???? Todo esto, deseando que Castro recupere cuanto antes su salud y Cuba su libertad....

Por Raúl Rivera

Fidel Castro y la renovada milicia de guatacas que le ha rodeado a lo largo de medio siglo tienen en su expediente la mácula definitiva de haber inventado a Fidel Castro. Cuba está, desde 1959, bajo el control de un actor que se cree que es Fidel Castro.

El personaje que interpreta es un tipo ambicioso, despiadado, con la obsesión de ejercer el poder por encima de todo y de todos. El poder absoluto. Para conseguirlo lo mismo fusila a un hombre que regala un automóvil.

Es un sujeto que usa uniforme y pistola, charreteras con estrellas, rombos y olivos, se mueve en caravanas de carros blindados y de lujo, tiene un ejército privado que lo cuida y nadie sabe a ciencia cierta dónde vive, qué piensa en realidad de los cubanos, quién es este hombre que proclama eterna rebeldía y se convirtió, en un momento, en un empleadillo del Kremlin y es ahora el abuelo pobre de Hugo Chávez.

La maquinaria aceitada y virgen de la prensa y las editoriales controladas le han construido un pasado impecable. Una niñez y una adolescencia que se perfeccionan cada día. Se adapta a los caprichos del biografiado, cambia, sube y baja, resplandece y, cuando es necesario, oculta un episodio, borra a un sujeto de una foto o altera el rumbo de la interpretación de los hechos.

El día a día de los años de jefe supremo también se reescribe con desenfado, alevosía y nocturnidad para disimular torpezas, desvanecer tropiezos y fortalecer su imagen de líder infalible, cariñoso, simpático y amado por el pueblo.

Un hombre considerado en Cuba un experto en huracanes, ciclismo, béisbol, guerrillas, ganadería, política, agricultura, piropos y aviación, no ha recibido el reconocimiento a la maestría de su verdadera vocación: el arte dramático.

Es cierto, en todos los políticos aflora esa cualidad a menudo, casi todos los días, pero en el caso del cubano no hay rival. Nadie ha conseguido tanto como simulador, con el embuste, con el engaño a un país entero y a varias generaciones de admiradores extranjeros.

Sus empleados le han edulcorado la vida pasada y le acomodan el presente, pero dudan, se sienten inseguros a la hora de diseñar el porvenir.

A estas alturas, cuando está con un cuchillo de mesa frente al pastel de los 80 años, hasta quienes le sirvieron los bocadillos piensan nada más que en su muerte.

Unos quieren su trono para seguir su vida de ricos en un país lleno de miserias espirituales y materiales. Otros, se paralizan con el temor creciente de que lleguen los olvidados, los sometidos, los despreciados con una larga lista de cuentas en las manos.

Personas que habrán salido de las cárceles y de largos exilios. Familiares de hombres y mujeres muertos en 48 años de esfuerzos diversos por alcanzar la libertad.

La misma tropa de pajes aquiescentes que rehacen su biografía, consiguieron que en el lenguaje cotidiano, en los medios propagandísticos y en los discursos oficiales se consideren sinónimos las palabras Fidel, revolución, Cuba, nación y patria.

Así es que esa interesada confusión y la presencia abarcadora y decisiva de Castro en todos los acontecimientos políticos de las últimas décadas, junto al bastidor azabache con que se cubre su vida privada, obliga a vincular sus pasos por la tierra con la más reciente historia del país.

Es ahora mismo el presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y el secretario general del Partido Comunista. Controla desde los más elevados asuntos políticos hasta el movimiento de un tractor en una finca rústica.

Cuando derrotó al dictador Fulgencio Batista, Castro recibió una carta blanca de la población que lo apoyó como a ningún otro dirigente criollo.

Ha llegado a la vejez en el poder y Cuba es un país empobrecido, donde el salario promedio es el equivalente a ocho euros mensuales. No hay libertad de expresión, disentir y trabajar por los derechos humanos te conduce a la cárcel, donde hay, en este cumpleaños de Fidel Castro, 316 hombres. Un 15% de los ciudadanos están en el exilio.

A Castro lo apoya hoy un sector de la población, el que ha envejecido en medio de los plazos de la esperanza. Los jóvenes, la gran mayoría, tienen una idea fija: salir de Cuba.

Es un hombre de una personalidad compleja y soberbia. El culto a la personalidad y el uso de la fuerza, el dominio del país como una propiedad privada, su señorío sobre la vida y la muerte de los cubanos, lo hacen un gobernante peligroso, de reacciones violentas, implacable con quienes no muestran una posición incondicional. Aun sus más fieles sirvientes viven sobresaltados por su cercanía.

Cuba espera su 80 cumpleaños con el pensamiento puesto más en su muerte que en su vida. Ése es otro drama de esa nación: depender de la muerte de un individuo para recuperar su libertad. Ahora, que levanten las copas por Fidel Castro los que quieran desearle larga vida.

2 Comentá esta nota:

Anónimo dijo...

SI NO TUVIERAS TANTO ODIO, TANTA REPETIDA E INTERESADA DESINFORMACIÓN Y TANTA PARCIALIDAD Y DESCONOCIMIENTO DE CUBA. PODRÍAMOS ENTABLAR UN DEBATE. PERO ANTE LO DICHO ES IMPOSIBLE. TRATÁ DE SER UN POCO MÁS FELÍZ Y ODÍA MENOS A QUINES NO SON COMO VOS Y NO ENTEDÉS.

Anónimo dijo...

Cuba: Fidel Castro

CUBA… ARGOS: AGOSTO 3 DE 2006…

Por: Iñaki Gil de San Vicente
La Haine

La enfermedad de Fidel Castro está multiplicando toda serie de críticas a su persona y a su obra. No sorprende en absoluto la parcialidad y animosidad, cuando no el odio, de esos juicios negativos, realizados desde el subjetivismo más obcecado o desde la más fría objetividad de quienes saben que su sueldo aumenta en la medida en que aumentan sus ataques a la emancipación humana. Sí sorprendería que se hiciera otro análisis de este revolucionario por los escribientes al servicio del capitalismo, por la sencilla razón de que la racionalidad históricamente burguesa no sirve para enjuiciar a las personas revolucionarias y menos aún a los procesos revolucionarios.

Quiero decir que la ideología burguesa está esencialmente incapacitada para comprender la racionalidad de la praxis revolucionaria, o lo que es lo mismo, no sólo no puede comprender qué es el socialismo sino que, además, su función radica en luchar con todos los medios posibles, sobre todo el terrorismo, contra ese socialismo que ni comprende ni admite. La ideología burguesa lucha contra lo que desconoce y, al carecer de argumentos no tiene más remedio que recurrir a los más sanguinarios y atroces métodos represivos. Y de la misma forma en que no puede saber qué es el socialismo tampoco puede conocer realmente a las personas que dan su vida por ese logro histórico. La objetividad axiológica, ontológica y epistemológica burguesa tienen su límite insuperable en el hecho de que sin la explotación no existiría clase burguesa. La fiera subjetividad del explotador la sufrimos todas las clases trabajadoras, las mujeres y los pueblos oprimidos.

Quienes hemos discutido y hablado con Fidel Castro sobre problemas candentes para la humanidad, sin tapujos, con una sincera libertad de aportación crítica y constructiva, sabemos que hablar con él es introducirse en la racionalidad históricamente socialista con una facilidad pasmosa, pero con un sofisticado contenido y rigor teóricos porque, además del ágil uso de las categorías dialécticas y del método marxista, también y sobre todo su permanente conexión con los problemas más acuciantes y cotidianos de las masas.

El método de pensamiento de Fidel Castro es un ejemplo perfecto de la capacidad de concreción de lo general en todo momento gracias a la acumulación de una enorme masa de datos ordenados y sistematizados. Un método de pensamiento que por ello mismo se basa en la exigencia de aprender y escuchar, de preguntar y de integrar lo escuchado en el almacén de memoria. Fidel escucha activamente la realidad vasca, la situación de las prisioneras y prisioneros, de sus familiares, la práctica de torturas, los datos socioeconómicos, las experiencias históricas, las luchas de clases en nuestra nación vasca, etc. La escucha activa no es otra cosa que la dialéctica de la pregunta y de la crítica, de la petición de más datos y de la exigencia hecha al que habla y responde de que, si puede, relacione lo que está diciendo con otros problemas aparentemente desconectados con el que se expone en ese momento, pero necesarios lógicamente para quien está escuchando y preguntado.

También es un método que implica directamente a terceros, a quienes estando presentes sólo escuchan y calla, pudiendo aportar algo o mucho, porque Fidel los interpela, les pregunta sobre qué piensan, qué pueden aportar a lo que está diciendo la persona que habla en ese instante, de modo que se crea una interacción sinérgica en la que el conocimiento resultante es superior en calidad al mero intercambio de opiniones. Debatir con Fidel Castro es un placer y un riesgo, un aprendizaje y una aventura creativa, o sea, es praxis revolucionaria.

Teniendo esto en cuenta, yo no caeré en la reaccionaria cháchara superficial y tópica sobre las llamadas “limitaciones” y “errores” del socialismo en Cuba, o sobre la supuesta personalidad de este revolucionario. El problema es otro porque la realidad es otra. De hecho, el método de pensamiento de Fidel Castro es sólo parte de la racionalidad históricamente socialista que se aplica en Cuba y con bastante efectividad, por cierto. Los logros cubanos así lo confirman y los fracasos reiterados del imperialismo para acabar con este pueblo heroico también. Son los méritos, los logros y los avances de este pueblo, los que explican tanto el fracaso del imperialismo como el carácter y contenido secundario de los problemas aún no resueltos en la Isla, como, por ejemplo, el de la corrupción.

Ahora bien, no es en modo alguno la corrupción capitalista, y esta diferencia cualitativa es incomprensible para los burgueses, corruptos por esencia económica, ética e ideológica. La corrupción burguesa es inherente al sistema por el irracionalismo del beneficio privado e individual; por la ley de la competencia y del canibalismo intraburgués; por la necesidad de ocultar el proceso de la obtención de plusvalía, es decir, de ocultar la explotación social; por las dificultades crecientes de la realización del beneficio industrial lo que lleva a la financiarización y al tránsito del narcocapitalismo al narcoimperialismo, al aumento de la economía sumergida y “criminal”, al armamentismo imperialista, etc., y, por no extendernos, a los problemas inherentes a la transformación del valor de la mercancía en el precio de la mercancía. Estas y otras son las causas de la multiplicada corrupción estructural del capitalismo, que ya pudre a su industria de la salud y a su institución tecnocientífica, supuestos pilares últimos de la virtud del dinero.

No podemos extendernos ahora en este muy importante problema y menos en el proceso de corrupción postcapitalista y protosocialista en la extinta URSS y en la actual China Popular, porque para hacerlo deberíamos analizar antes el decisivo problema de la propiedad de las fuerzas productivas. El grueso de los restantes problemas y de la degeneración procapitalista nos remite a este crucial asunto. Por tanto, hay que recordar otra vez cómo fue Fidel Castro quien relanzó con su célebre discurso del 17 de noviembre de 2005 la lucha pública de masas contra ese grupo social en aumento al que el propio Fidel definió así: “Hay, y debemos decirlo, unas cuantas decenas de miles de parásitos que no producen nada”.

Tanto esta denuncia como la lucha de masas no gustaron nada a la prensa imperialista que se lanzaron a denigrar todo el proceso. Los burgueses son parásitos que no producen nada y que se apropian de lo que produce el pueblo. Verse reflejados tan directa y crudamente es para ellos un peligro, y por eso hay que acabar con Cuba, porque es un pueblo trabajador que combate a los parásitos improductivos y acaparadores del producto del trabajo popular. También hay que acabar con ella por sus muchos otros triunfos, pero sobre todo por su ejemplo práctico.

La burguesía no puede razonar sobre qué son los procesos revolucionarios y sus militantes porque sólo piensa en términos de propiedad privada, de corrupción y crimen legales e ilegales, de acaparamiento parasitario, de explotación y violencia. Fuera de este universo delirante y obsesivo, genocida, no existe nada más, y todo aquello que lo cuestione es ya en sí mismo un peligro al que hay que domeñar o destruir.

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