Por Andrés Dimitriu (*)
"Cualquier pronóstico a largo plazo sobre el desarrollo de la humanidad se funda en una visión del mundo basada en un sistema de valores y en una ideología concreta. Suponer que la estructura del mundo actual y el sistema de valores que la sustenta pueden ser proyectados sin cambios hacia el futuro, no es una visión "objetiva" de la realidad, como a veces se sostiene, sino que implica también una toma de posición ideológica."
Amílcar Herrera et al. "¿Catástrofe o Nueva Sociedad?. Modelo Mundial Latinoamericano", IDRC, Ottawa, 1972, disponible en línea en http://www.idrc.ca/es/ev-84542-201-1-DO_TOPIC.html
El II Congreso Latinoamericano de Parques Nacionales y otras Áreas Protegidas está cruzado por, por lo menos, cuatro grandes líneas ideológicas que conviene distinguir: 1) el proteccionismo tradicional, un corralito especialmente pensado para ocupar a quienes creen en una perspectiva técnica neutral, 2) el ambientalismo empresario (entremezclado con instituciones financieras internacionales, agencias de desarrollo, consultoras, fundaciones y ONGs dedicadas a la militancia privatizada para la protección de inversiones y –no hay razón para asombrarse- buena parte del mismo estado) 3) la línea “de fondo” más reaccionaria y también velada, que por ahora llamaremos los halcones del maltusianismo, y 4), con participación dispersa, pero sobre todo como atentas observadoras externas, organizaciones sociales y comunidades que rechazan de plano al sistema. Ocasionalmente hay tensiones y “debates” entre las tres primeras, pero son peloteras domésticas. ¿Algo nuevo bajo el sol? Para nada: cuando hace más de 30 años la Fundación Bariloche respondía con el Modelo Mundial Latinoamericano al Reporte Meadows?MIT, “Los límites al crecimiento”, quedó en evidencia, aunque hoy tenemos más elementos para juzgarlas, lo esencial de las mismas tendencias. Hablar de naturaleza, por más jerga científica que se use, no tiene nada de neutral o de inocente. Y menos aún en la etapa en la que grandes capitales buscan desesperadamente sostenerse competitivos controlando trabajo, territorios y bienes naturales en todo el mundo. ¿Por qué hay tantos auspicios y ostentosas maniobras de seducción “experta” por parte de grandes corporaciones, agencias internacionales de “desarrollo sustentable” y fundaciones asociadas a estos intereses en este congreso, como en el reciente encuentro binacional Chile Argentina de las respectivas Sociedades de Ecología, sin dejar de mencionar –no nos quedarnos cortos- en las ramas estratégicas del sistema de ciencia y técnica de toda América Latina y Caribe? No es necesario ser especialista en lectura entre líneas para entender lo que está en juego y cuales son las estrategias. Para no poner en riesgo las relaciones de poder, los grandes intereses particulares ofrecen un recetario que se renueva permanentemente en la apariencia pero no abandona la línea de fondo maltusiana (el problema son los pobres y la superpoblación), el darwinismo social (la competencia desenfrenada, mezclada con el individualismo, es “natural” e inevitable), la única forma de propiedad es la privada y si algo tiene valor es porque tiene precio, es decir que prácticamente todo se puede (y debe) comprar y vender. Para que se entienda: valorar a la madre no es lo mismo que ponerle precio. Ponerle precio a Pachamama o Mapu, casualmente, es lo que con obsesiva persistencia intentan los fundamentalistas del sistema cuando invitan a comunidades indígenas a sus “cumbres” económicas o tecnocráticas. Aunque pocas veces les sale bien, el objetivo es diluir sus cosmovisiones en las relaciones del mercado, y si llevan plumas y danzas mejor porque eso demuestra que el mercado es tan “multicolor” como Benetton, no discrimina ni tiene fronteras. Algo parecido ocurre con los nuevos indígenas del sistema, los trabajadores, que son ninguneados como inestables receptores de salarios (un destino que pocos sindicatos objetan) pero jamás a cargo de sus propios medios de producción, como Fasinpat/ex Zanon. El principal y más antiguo truco del sistema, si embargo, es el de ocultar o minimizar las causas y las inconmensurables consecuencias sociales de sus efímeros y bursátiles éxitos, incluyendo en esta categorización (y en la proporción que les toque) sus fieles competidores y en definitiva aliados “progresistas” soviéticos, chinos, latinoamericanos u otros. Que haya ganadores, afirman, es el resultado del empeño y capacidad innovadora de quienes se suben al carro de la globalización. Los que no, lamentan informar sin inmutarse, son perdedores. Eventualmente hay que “ayudar” a “los pobres”, pero jamás dejar de explotarlos o saquear sus territorios pues eso permitiría que desplieguen su creatividad productiva autónoma. Propongo distinguir entonces tres planos que se constituyen y modifican mutuamente en la ecología (hoy más que nunca, ¡final y definitivamente!, asociada a la economía y la política): el empírico (un río con metales pesados es un río con metales pesados), el político-ideológico (definir cual es el umbral “aceptable” de contaminación de un río depende de las relaciones sociales y políticas de una sociedad) y finalmente el plano filosófico o de cosmovisión: cuando el ser humano o una comunidad se concibe a sí misma como parte de la naturaleza le “duelen”, literalmente, tanto los daños a la misma como a las personas y otros seres, incluyendo espacios y prácticas con valor simbólico no canjeables por dinero.
Las “reservas naturales”, “parques” y zonas rurales exclusivas están asociadas a estrategias de poder anteriores a la era colonial. Gran Bretaña, antes de proponer parques en sus colonias en África y Asia, también fue progresivamente cercada por una aristocracia que descubrió que el negocio de la lana era más lucrativo y menos riesgoso que salir a esquilmar a sus campesinos, quienes fueron entonces forzados a competir por el sustento cotidiano en los centros industriales, u ofrecer con lealtad sus cuerpos como carne de cañón en las guerras o, en el mejor de los casos, ser emigrantes “pioneros”. La “explosión demográfica” (el control poblacional, el miedo a las multitudes) es, desde entonces, uno de los cucos que se esconde detrás de las políticas de las “reservas”. La segunda etapa, principalmente a partir de la Convención para la Protección de la Fauna, de la Flora y de las Bellezas Escénicas Naturales de los Países de América, redactada en los EEUU en 1940, combinó nuevos objetivos, estrategias y metáforas: frontera viviente, lo salvaje controlado, la superioridad euro céntrica y tecnológica “demostrada” en museos y parques temáticos, el control de la población (en eso lleva la delantera la Fundación Rockefeller, para quien trabajaba William Vogt, autor de Road to Survival -el camino hacia la sobrevivencia- director quien en 1943 dirigía Sección de Conservación de la Oficina de Cooperación Agrícola de la Unión Panamericana) y, finalmente, el estratégico control de la biodiversidad y el agua.
La primera objeción a esa forma de organizar territorios es que permitió crear una geografía diferenciada por clases sociales y una inadmisible división nacional e internacional del trabajo (por lo tanto del control sobre el conocimiento instrumental). Crear mapas con regiones naturalmente (para Hitler también “racialmente”) “puras” implica inventar otras zonas “destinadas” a ser destruidas y contaminadas, sea por guerras, saqueo planificado, migraciones forzosas, industrias extractivas, agricultura industrializada –es decir sin agricultores-, aglomeraciones urbanas insostenibles e inseguras, o la siempre lucrativa denominación de países “riesgo”. Este tipo de zonificaciones, sean “reservas” indígenas, interminables barrios sociales para desarrollar clientelismo estatal o privado, zonas francas o maquilas ubicadas “del otro lado de la frontera”, no sólo alejan cada vez más a la población del control sobre los medios de producción y una vida digna en su territorio sino que agravan exponencialmente las diferencias sociales, los conflictos y la devastación ambiental. En la Patagonia actual, sin ir demasiado lejos, aparte de negar o limitar a expresiones mínimas o meramente comerciales a los pueblos mapuche-tehuelche y agregar a la población actual y las generaciones futuras como nuevas víctimas de las políticas neo-coloniales (la segunda o tercera conquista de un “desierto”), las zonificaciones del estado son utilizadas por un lado para “determinar”, con estimaciones costo-beneficio, en qué lugar se promueve, por ejemplo, el negocio de la minería contaminante (por supuesto re-bautizada minería “responsable”) y, por el otro, para crear espacios exclusivos y “reservas” que terminan atravesados por un inevitable frenesí especulativo tan “verde” como socialmente excluyente.
* Docente e investigador de la Universidad Nacional del Comahue, miembro de Theomai, red internacional de Estudios de Sociedad, Naturaleza y Desarrollo (http://theomai.unq.edu.ar) e integrante de la Asamblea Patagónica Contra el Saqueo y la Contaminación
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