Por Conrado FerreA ver qué voy a hacer para sacar adelante este funk.
A. Calamaro
Abuelita decía, entre pedorreta y pedorreta (era terrible abuelita): “al pueblo que fueres haz lo que vieres”. Y como las cosas que decía abuelita para mí son sagradas y las tengo siempre presentes en mi memoria, yo llegué a Esquel y empecé a pasar a todos los autos por la derecha. Me paró un agente. (Bajo la ventanilla mientras lo veo venir por el espejito retrovisor. Suenan un par de acordes de guitarra más bien country, con cuerdas estiradas; esa costumbre que tiene la vida de imitar a las road movies: el oficial se inclina para quedar a la altura de la ventanilla, se lleva la mano a la visera del casco). “Tardes”, él quería decir buenas tardes. “Tardes, oficial”. “Registro, seguro y tarjeta verde”. (Saco registro, seguro y tarjeta verde). “¿Todo en orden oficial?”. (El oficial me devuelve mis papeles). “Pasó por la derecha”. “Pero abuelita...”, protesté. Me quedé callado en seguida. La voz de abuelita no iba a convencer a un agente del orden. “Oficial... sinceramente... y usted disculpe...” me intimidan los oficiales, “la verdad es que desde que llegué a Esquel me pasaron cuarenta veces por la derecha y no veo que paren a nadie”. El oficial levantó la vista como oteando el horizonte –que acá no se puede, más bien se otea la punta de la montaña, o la cordillera si uno mira para el lado de Trevelin, aunque se me dirá que en la estepa... pero no viene al caso, de todos modos la mirada queda guevarista, más si el punto de vista está en contrapicado, y al agente le quedaba como impostada, incongruente–. Perdón, me disperso, decía que el oficial clavó en el horizonte una mirada guevarista y me soltó: “Era el auto del gobernador”. Aaaaaaacabaramos. Nada nuevo bajo el sol, ni en Esquel ni en Kazajistán. La ley está escrita, pero tiene sus contextos hombre... Hay gente más importante que otra, gente a la que se puede pasar por la derecha y otra a la que no. Abuelita, decía: “haz lo que vieres, pero vieres con cuidado” (conjugaba como un rumano abuelita). Me disculpé como corresponde en nuestras democracias dictatoriales y la cosa quedó ahí.
Pasaron unos meses desde ese episodio. Y como los espejos toman a veces formas diversas, una tarde venía caminando para casa y me crucé con un mochilero a deshoras (ya estábamos en mayo). Era, en realidad, el estereotipo más acabado de un mochilero. A todas luces un recién llegado. Venía con una guitarra criolla, por supuesto sin funda, cantando por la calle como un loco libre y aventurero (ahora la realidad copiaba no a una road movie, sino a esa peli de Monzón, Balá y Palega Ortito que no recuerdo cómo se llama, creo que “Mochileros” directamente, o estoy inventando, no sé). Lo que pasó fue muy simple: me saludó. Yo no lo conocía y el tipo me saludó: un pescado. Mi primer impulso fue mirarlo con cara de ¿y vos quién sos? pero me contuve y lo saludé, porque soy educado. “He aquí un nabo”, pensé “que no ha observado bien, como aconsejaba abuelita, y supone que acá todo el mundo se saluda. Es capaz de abrazar y besar al primer gaucho que se le cruce, con consecuencias fatales, bien que merecidas, para nuestro émulo de Palito Ortega”. “Más bien”, seguía pensando aunque el mochilero me había quedado ya dos cuadras atrás, “abuelita debió contarme que cada uno es como es, que en todos lados hay saludadores y hoscos, o más bien, gente que a veces saluda y a veces está hosca, gente a la que le gusta la salsa tártara algunos días, otros que a veces son electricistas, a veces putos y otras veces jugadores de ajedrez. De chico, deben enseñarle a uno a relajarse, como quien dice”.
Llegué a casa: “Me venía acordando de abuelita”, le dije a Milagros. Ella dulcificó el tono de voz: “¿En qué pensabas?”. “Pensaba en: a) cómo puede una persona adulta considerar seriamente los desvaríos de una anciana; b) en que además no se la puede culpar, porque si uno no puede desvariar de viejo decime cuándo, y c) en que voy a conocer lo que es tener autoridad cuando a los ochenta empiece a decir boludeces y haya gente que me haga caso”. “Ah”, murmuró Milagros, ahora secamente. “¿Sabés qué?”, le dije mientras aceptaba el mate que acababa de preparar, “tal vez no fui un buen saltamontes” –estaba reconsiderando la situación–. “Cuando ella decía ‘al pueblo que fueres haz lo que vieres’ tal vez significaba: ‘relájate como yo, pequeño saltamontes, y pedorréate’. Tal vez debí relajar el esfínter yo también... relajarme...” Milagros me miraba seria, seca. Probé con un tono de catedrático: “metafóricamente hablando, ¿no?”. “Sos un cerdo”, dijo y me sacó el mate.
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