Por Marcos Sourrouille(Comentario sobre el Congreso de Historia en Trevelin, el 30 de abril y otras yerbas)
Los días 18, 19 y 20 de octubre se desarrolló en Trevelin el VII Congreso de Historia Social y Política de la Patagonia Argentino-Chilena. La política de este Congreso es "no cerrar las puertas" a los "aficionados" a temas [supuestamente] relacionados con la historia, por lo que las ponencias y conferencias no sólo son presentadas por historiadores, sino por cualquiera que quiera hablar de historia. Uno de los principales defectos del Congreso de Trevelin es que, en nombre de esa apertura, brinda un espacio de legitimación "pseudo-profesional" a discursos que no tienen ninguna relación con la historia como disciplina científica. Y el debate sobre su pertinencia continúa ausente, al menos en forma abierta, en el propio congreso.
No cualquiera que hable sobre discursos o cosas del pasado está produciendo historia, tanto o más que como no cualquiera que hable sobre manzanas que se caen está hablando de física.
Más preocupantes aún resultan los casos en los que la legitimación de la "pseudo-historia" en el mencionado congreso va de la mano con experiencias que reproducen, a través del sistema educativo, diversas visiones insostenibles sobre lo que es hacer historia, e incluso sobre algunos hechos históricos particulares.
Es entendible que, desde el sentido común, cada comunidad construya en la memoria colectiva un relato autolegitimante de su génesis. Por ejemplo, la "historia oficial" de los galeses y su "amistad con los tehuelches" (sic) en los orígenes de Trevelin.
El problema es que la historia, como disciplina científica (o cualquiera de las ciencias sociales) no puede retomar acríticamente estos relatos. La cuestión de la identidad de una comunidad puede ser abordada desde las ciencias sociales, pero no como una legitimación o búsqueda de demostración, partiendo de premisas no válidas, del discurso de los actores sociales involucrados.
No se sostiene, en modo alguno, que para hacer historia haya que ser historiador profesional. No es una cuestión de títulos académicos, sino simplemente de metodología científica, de la que carecen también muchos supuestos eruditos.
Un ejemplo de esta cuestión es el trabajo presentado por Hernán Gómez (titulado en Ciencias Políticas en la Universidad Católica Argentina) y alumnos del Colegio Nº 705 de Trevelin sobre la "revalorización del 30 de abril".
El nudo de la cuestión sería un proyecto de ley, a nivel nacional, para sancionar el 30 de abril (día del famoso plebiscito de 1902) como "Día Nacional de Pertenencia a la Nación Argentina", para valorizar "el sentimiento de pertenencia de los galeses, aborígenes y algunos chilenos a la Nación Argentina". Esta iniciativa surge de parte de la comunidad educativa del Colegio Nº 705.
Esta construcción ideológica del pasado es parte del sentido común imperante en buena parte de la población de Esquel y Trevelin, y no es el único elemento de este tipo que opera en la construcción "oficial" de la identidad colectiva.
Aquí se presentan dos problemas importantes:
1) La incorporación acrítica de estos saberes convencionales, socialmente construidos, como parte de la historia local, con el aval de los miembros de la comunidad local dedicados a "la historia y la cultura".
2) La misma incorporación acrítica de estos enunciados a la educación formal de los jóvenes de la comunidad, y su reproducción y difusión a través del sistema educativo.
Me avergüenza sentirme parte, como docente e historiador, del aval que se le dio en el Congreso de Historia a esta postura, que no fue cuestionada (y por ende en algún modo fue legitimada). Yo también me callé, es cierto. Tal vez en parte por miedo a que la crítica fuera vista como agresión. Todos somos miserables en algún punto.
No es lo mismo, repito, que esta postura sea parte del "sentido común" construido socialmente a que sea sostenida como parte de un pretendido trabajo historiográfico y que reciba el aval de la comunidad de historiadores, otros científicos sociales o docentes.
No es el punto extenderse aquí sobre la carga ideológica de la educación legitimada por el estado, y la influencia que ésta ejerce sobre percepciones y comportamientos.
Pero la función de la historia, si pretende cientificidad, el trascender el sentido común. La cuestión no es demostrar si existió o no el plebiscito de 1902. Es más, el dato puede ser tranquilamente intrascendente, una simple anécdota.
Plantearse la cuestión de la historia regional, desde una perspectiva científica, es molesto para la "sociedad dominante" en esta región. Porque supondría poner en cuestión justamente sus mitos autolegitimantes, la construcción de una historia y una identidad de fantasía, donde no aparece el conflicto, donde galeses y tehuelches "eran amigos" (sic), donde "los mapuches son chilenos" (sic), y diversas sandeces similares.
No por nada, prácticamente la única expropiación de tierras a los pueblos originarios reflejada en la bibliografía local es el desalojo de Nahuelpan, y no por nada esa obra no fue escrita por un historiador profesional. La comunidad legitima a los historiadores que le dicen lo que quiere escuchar. No por nada en el mismo congreso Raúl Mandrini defenestró a los reproductores acríticos del racista y no científico Casamiquela y ninguno de los presentes implicados se puso colorado.
No en vano la legitimación para el "Día Nacional de Pertenencia a la Nación Argentina" no se buscaron en los historiadores de ninguna universidad pública, y sí en reductos que según el caso podrían ser calificados como "conservadores", "de derecha" o simplemente "fascistas", como la Universidad de San Andrés, la Universidad Católica Argentina o la Academia Nacional de la Historia.
La historiografía y la educación en general, pero de esta región en particular, están ante la disyuntiva entre, por un lado, la legitimación (no crítica, no científica, inmoral) de un relato ideológico y falso sobre la construcción del espacio geográfico que hoy habitamos o, por otra parte, tienen la opción de ser críticas con la construcción social del pasado e indagar en los conflictos y la violencia implícitos en la construcción de este espacio y esta comunidades tal como hoy se nos presentan.
La construcción del pasado que se pretende legitimar no va a ser más real a partir de su sanción como ley de alcance nacional.
Podemos elegir, sencillamente, entre la "mentira que hace feliz" a una parte de la comunidad o emprender una verdadera indagación de nuestros orígenes. La verdad histórica -por llamarla de alguna manera- y la comodidad que supone la construcción de la "historia oficial" para los sectores dominantes son por lo general antagónicas. Evidentemente, la "historia oficial" del poblamiento moderno de la Patagonia aún tiene intereses que defender y legitimar. En caso contrario, sería más fácil reescribir de la mano de la historia esas páginas –la mayor parte de ellas infames- de nuestro pasado.
Marcos Sourrouille
soumarcos48@gmail.com




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Como interesado en la Historia (aunque sin ningún conocimiento científico) y especialmente en la de este lugar que elegí para vivir hace más de 30 años, me interesó mucho el artículo de Marcos Sourrouille acerca del congreso de Trevelin y me alegra que puedan empezar a debatirse cuestiones que hacen a nuestro pasado y a nuestra identidad.
En esa misma línea, más allá de la historia oficial, me resultó muy interesante y movilizador, en su momento, el libro de Marcelo Troiano sobre el "mito fundacional" de Esquel y, más recientemente, el de Chele Díaz sobre el desalojo del 37.
Sería muy bueno que supiéramos asumir nuestro pasado sin encubrimientos ni maquillajes y ver qué hacemos con él. Me parece que la única manera de forjar un colectivo social sustentable comienza por sostener una conversación, también colectiva, acerca de su origen. Si somos capaces de ello, nada garantizará un porvenir exitoso, por supuesto, pero sería un buen punto de partida.
Osvaldo A. González Salinas.
Esquel.
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